16 julio 2010

TELETELERREALIDAD

A ver, ¿se acuerdan de aquel “Camera café” que se daba codazos en Telecinco con “Escenas de matrimonio” por ver cuál ocupaba en la parrilla ese hueco que queda justo después del telediario de la cena, de aquel “Camera café” que luego fue decayendo hasta que lo remozaron haciendo una versión hospitalaria que se llamaba “Fibrilando” pero que no funcionó y lo retiraron, del mismo “Camera café” que estaba formado por sketches sueltos hechos con poco decorado y mucho guión y se servía en trocitos ligeros ideales listos para consumir en estos tiempos de mudanza y zapping? ¿Se acuerdan? Pues su heredero, “La isla de los nominados”, ocupa este verano el hueco de “El hormiguero” en Cuatro. En realidad, esta nueva serie es una parodia de “Supervivientes”, pero si les metí esta chapa es porque no va dirigida a su público, sino al de “Camera café”.

Pero, al margen de lo que tiene de crítica, que lo tiene, al genero de telerrealidad en general y a “Supervivientes” en particular, lo que resulta sorprendente en “La isla de los nominados” es cómo todas las claves de estos programas son lo suficientemente familiares para los espectadores como para servir de marco a una serie: el confesionario, nominaciones, pruebas, normas, expulsiones, actuar sabiéndose observado, mirar a la cámara dirigiéndose a los espectadores que los juzgarán, son claves hoy compartidas que hace 10 años no existían.

Esta teletelerrealidad, vuelta de tuerca que guioniza la mentira de una telerrealidad también guionizada y por tanto falsa, añade otro guiño. Se supone que los concursantes de telerrealidad no actúan sino que se comportan tal cual son, mientras que ahora los concursantes actúan para un público que ya no existe: son los últimos habitantes de una Tierra en la que toda la humanidad está formada por un grupo de auténticos supervivientes que resultan ser unos pringaos participando en un concurso imbécil que se ha convertido, sin ellos saberlo, en la única realidad.