28 marzo 2012

¡AH, LA PRIMAVERA!

Llámenme romántico, llámenme bobalicón o llámenme por teléfono, pero no hay nada más bonito en el mundo que el amor a primera vista. Una mirada fugaz que enciende un fuego que consume las entrañas. Un roce casual que termina en un abrazo eterno. Un cruce en unas escaleras mecánicas que separa a dos desconocidos que en un suspiro comprenden que están hechos el uno para el otro. Un… una… eh, no se me ocurre cómo mantener este tono relamido y cursi, así que vamos rápidamente a arrimar el ascua a nuestra sardina que es de lo que se trata.

“¿Quién quiere casarse con mi hijo?” es una birria. Es que eso ni es amor ni es nada. Debería ser un flechazo, un certero disparo de Cupido, un aquí te pillo aquí te mato, y no un tostón de si me gusta o no me gusta, de si salto o no salto, de si me caso o no me caso. ¿Quieren que la madre intervenga en el proceso, que lleve las riendas, que decida porque da más juego que desde el principio la suegra haga de suegra en el peor sentido de la palabra suegra? Joder, pues en vez de poner a esos verracos a mirarse fugazmente, a rozarse casualmente y a cruzarse en unas escaleras mecánicas, que pongan a las madres que los parió a mirarse, rozarse y cruzarse como si les fuese la vida en ello. Que sean ellas las que sientan un flechazo arrebatador, pero que emparejen a sus hijos con la rapidez y eficacia con que los trabajadores empaquetan a Barbie y a Kent en la cadena de montaje de la fábrica.

El caso es que “¿QQCCMH?” debería durar un cuarto de hora. Llega un hijo con su madre, el programa despliega su muestrario de carne disponible, flechazo y se acabó; ¡el siguiente! Así hasta que se acaben los hijos, las madres y la carne. El lunes Cuatro terminó la primera temporada del invento. Anuncian una segunda temporada y sin que empiece ya sabemos qué nos va a parecer: demasiado larga. Con lo bonito que es el amor a primera vista. ¡Ah, la primavera!