23 julio 2011

LA CERVECITA

¿Ha sido la lucha de clases el motor de la historia de la humanidad? ¿O lo ha sido el ansia por el desarrollo de todas las potencialidades del espíritu humano? ¿Quizá todo nuestro comportamiento está movido únicamente por deseos sexuales incestuosos reprimidos y sublimados en tareas socialmente aceptables? ¿Es la lucha entre iguales, el anhelo de unión con la divinidad, la guerra como la esencia de la civilización? Pues no, querido lector, según un fascinante documental que vamos a poder ver estos días en el canal Odisea, -a poco que lo busque en su mando a distancia seguro que lo encuentra-, la clave que explica la situación de la especie humana actual, -sedentaria, socialmente organizada, tecnológica-, es el pan. Pero no el pan sólido que comemos diariamente, sino el pan líquido que también forma parte de la dieta cotidiana de media humanidad. La cerveza. La cervecita. La cervecita fresquita tomada al sol en una terracita. Olvídense de Marx, de Hegel y de Freud. Las Supernenas defendían que lo que mueve al mundo es el amor. Pues no: es la cerveza. Por una vez los intelectuales defienden una teoría que los demás mortales podemos entender y con la que todo el mundo está de acuerdo.

“Cómo la cerveza salvó al mundo” es la fascinante historia de unos humanos de hace cinco o seis mil años que encontraron un procedimiento eficaz para obtener una fuente de alimento nutritiva y calórica que podía conservarse durante un cierto tiempo y permitía su traslado con facilidad. Es cierto que estas cervezas neolíticas serían difícilmente reconocidas como tales por los consumidores actuales de Budweiser, pero también parece ser cierto, -en opinión de los especialistas que intervienen en el documental-, que fue el cultivo de la cebada y su empleo en la producción de cervecita lo que determinó el tránsito desde el nomadismo al sedentarismo, los primeros adelantos tecnológicos de las sociedades primitivas, y las ganas de formar grupos de amigos para echarse unas risas y charlar sobre la belleza de la vida. Todos necesitamos un poco de sur para poder ver el norte. El documental de Odisea lo demuestra científicamente.