09 octubre 2013

LA ISLA DEL DOCTOR STONE


En “La isla del doctor Moreau”, la versión cinematográfica de la novela de H.G. Wells protagonizada por Burt Lancaster, el siniestro doctor Moreau confiesa al náufrago Andrew Braddock el sentido último de su trabajo: “Cuando se estudia la naturaleza humana, hay que ser despiadado como la naturaleza”. Pues no. Experimentar con animales para darles apariencia humana y obtener de ellos un comportamiento humano no es estudiar la naturaleza humana. Para estudiar al hombre no es necesario ser despiadado, sino honesto. Por eso Oliver Stone, que es un hombre excesivo como el doctor Moreau pero también honesto, ha conseguido que veamos la serie documental “La historia no contada de Estados Unidos”  (La 2) no como un despiadado intento de forzar la historia para trasformar a los buenos oficiales en los malos reales, sino como un honesto esfuerzo para explicar la historia de los Estados Unidos, y del mundo, mostrando las aristas del imperio americano.

Los capítulos de “La historia no contada de los Estados Unidos” dedicados a la II Guerra Mundial y a la construcción de la primera bomba atómica son tan precisos como el bisturí del doctor Moreau, pero también honestos y valientes. Porque matizar el papel de los Estados Unidos en la guerra contra la Alemania nazi exige honestidad, y reivindicar la figura del casi olvidado Henry A. Wallace, vicepresidente de los Estados Unidos con Roosevelt, al mismo tiempo que se reconocen los aciertos de Stalin (sin olvidar sus crímenes) y el descomunal sacrificio del pueblo soviético (sin apartar la vista de la brutalidad del Ejército Rojo en su ofensiva final en territorio alemán), requiere una gran valentía. Stone consigue que cuestionemos esos “dogmas muertos” de los que hablaba el filósofo John Stuart Mill. Los “dogmas muertos” son los prejuicios, supuestas verdades que no estamos dispuestos a cuestionar por pereza intelectual, por convencimiento débil o por miedo a apartar la cortina que nos separa de la historia tal y como nos la han contado. Oppenheimer no es sólo el nombre que Sheldon Cooper puso a uno de sus gatos tras su ruptura con Amy, y detrás del Proyecto Manhattan y de la bomba atómica no estaba sólo una carta desesperada de Einstein y el miedo a que los nazis poseyeran el arma definitiva. Ahí, agazapado, como tantas veces en la historia, estaba el doctor Moreau.