17 diciembre 2014

AYER


No es lo mismo ver “Apocalipsis: la Primera Guerra Mundial” en La 2 que ver, por ejemplo, “Apocalipsis: la guerra de Troya”, “Apocalipsis: la Segunda Guerra Púnica” o “Apocalipsis: las conquistas de Gengis Kan” en, pongamos por caso, Canal de Historia. No es sólo que la Primera Guerra Mundial haya sido más terrible que la guerra de Troya, más destructiva que la Segunda Guerra Púnica o más mortífera que las campañas de Gengis Kan, es que la Primera Guerra Mundial está tan cerca que todavía no se ha ido. Héctor y Troya viven en los versos de Homero, Aníbal y Cartago forman parte de la gloria de Roma que vive en los libros de texto, y el enorme imperio que Gengis Kan construyó a sangre y fuego vive en la memoria de hombres como Fu-Manchú. Pero la Primera Guerra Mundial está ahí mismo, con sus horrores construidos a golpe de trincheras, barro, armas alucinadas, millones de muertos y basura patriótica. Héctor es poesía. Verdún es insoportable.

Aristóteles observa, comentando a los que pretenden que se pueden concebir simultáneamente los contrarios, que cuando Homero representa a Héctor delirando por efecto de sus heridas, tendido en tierra y trastornada su razón, parece como si el poeta creyese que los hombres en delirio tienen también razón, aunque esta razón ya no sea la misma. ¿Y no es así? Cada capítulo de “Apocalipsis: la Primera Guerra Mundial” está aliñado con cartas de los soldados a unos seres queridos que probablemente nunca volverían a ver, reflexiones de unos hombres heridos y trastornados y, por ello, absolutamente lúcidos. Esas cartas escritas por simples soldados asustados, hartos y perplejos explican lo que fue aquella locura mucho mejor que las imágenes de bombas haciendo añicos la nada, rudimentarias máscaras anti-gas, hombres manejando lanzallamas que parecen salidos de un cuadro de El Bosco, elegantes oficiales charlando mientras se atusan los bigotones y todo ese barro, toda esa suciedad, toda esa inmundicia física que convirtió a los hombres en ratas. Hay que prestar atención a los delirios de los soldados porque explican las razones del horror. Héctor, Aníbal y Gengis Kan pueden protagonizar documentales sin que nos tiemblen las rodillas, pero las cartas de los soldados que lucharon en la Primera Guerra Mundial fueron escritas ayer y nos hielan el corazón.