30 abril 2016

DEMOCRACIA HEREDITARIA


Ni gastar ni desgastar. Dice la tele que es lo hay que hacer en las próximas elecciones generales. Dedicar poco dinero y no ser muy insistentes con la tontería esta de que los ciudadanos votemos. Bueno, lo dice la tele porque es la caja de resonancia de Felipe Borbón, un hombre sabio. Por linaje como Borbón y por experiencia como Felipe sabe que se puede ser jefe de Estado sin falta de arrascarse el bolsillo en campañas electorales, sin ponerse pesado dando explicaciones a los súbditos, sin costosas votaciones, sin aburridos controles parlamentarios ni tediosas negociaciones políticas que se complican a lo tonto porque, qué fastidio, en ellas tienen voz y voto posiciones diferentes que reflejan la diversidad de voces y votos de las urnas.

Pongan hoy La 2 a las 13:30 y vean “Audiencia abierta”, media hora de televisión que desde hace años regala la tele pública al rey Borbón para mostrarnos que no hace falta gastar ni desgastar. Al menos para reinar. “Audiencia abierta” no cuesta porque no se computa como gasto de la Familia Real. Tampoco desgasta porque sustituye la campaña electoral, los mítines, los eslóganes, los debates y el buzoneo (a la mierda el ‘mailing’. Gracias, Fundéu). Es la ventaja de que no suframos elecciones a jefe de Estado como hay en Francia y países así, anclados en el pasado y los prejuicios republicanos.

Aquellos que, entre cuarenta y seis millones de españoles, quieran ocupar la Moncloa son unos inconscientes dispuestos a gastar y desgastar. El único español que puede ocupar la Zarzuela ni gasta ni desgasta. Y nos dicta qué hacer desde su trono televisivo. Qué bueno es. Y qué comprensivo. Qué bien sabe lo que necesitamos. Y qué bien nos lo explica. Por eso da gusto que nos proteja, nos tutele y nos diga cómo comportarnos. ¿Qué iba a ser de nosotros sin él? ¿Cómo íbamos a saber nosotros lo que debemos hacer? ¿Cómo podríamos sobrevivir si no fuera porque nuestro amado líder sale en la tele cada semana a recordarnos la inmensa fortuna de vivir en una democracia hereditaria?