14 septiembre 2016

ARROZ Y POMPEYA


Lo tengo más que comprobado. Mis amigos no me hacen ni puñetero caso cuando les digo que deben huir de tal o cual programa con la misma velocidad con la que el Correcaminos deja atrás al Coyote, pero me suelen escuchar cuando les recomiendo una serie, un documental o una película de La 2. A todos los que me dicen que la televisión es una mierda, yo les pongo delante de las narices ese puñado de obras maestras en forma de serie que llegan a nuestras casas temporada tras temporada, les pregunto si se han parado a ver con calma películas como “Cowboy de medianoche” y les obligo a ver “Pompeya, la vida antes de la muerte” (#0), el documental escrito y presentado por la maravillosa Mary Beard que nos lleva de viaje a la antigua Roma con la excusa de una visita a la ruinas de la ciudad destruida por el Vesubio en el año 79. Es tan difícil encontrar a un espectador que no disfrute con el documental presentado por la siempre alegre Mary Beard como encontrar a un ser humano que después de probar el arroz con leche que preparaba mi abuela no se reconcilie con ese animal bípedo de uñas planas. Pero hoy tengo que contestar a un lector que, a pesar de que reconoce que se lo pasó muy bien con el viaje a Pompeya, no está de acuerdo con el tiempo, dinero y esfuerzo que cuesta mantener los lugares arqueológicos. Son sólo piedras, es cierto. Es muy duro saber que el Estado italiano gasta 100 millones de euros en Pompeya cuando muchos refugiados mueren a las puertas de Europa. De acuerdo. Hay dinero (no mucho) para sacar a la luz una casa pompeyana y no lo hay para reconstruir ciudades destruidas por un terremoto. Vale. Pero Pompeya no tiene la culpa.

El filósofo Manuel Cruz dice que las ruinas, con toda su carga de nostalgia, han sido sustituidas por los escombros en Palmira y otros tantos lugares víctimas de la peor cara de la naturaleza humana. No cuidar de Pompeya no es muy diferente de destruir Palmira. ¿Se  puede vivir sin Pompeya o Palmira? Si, como se puede vivir sin el vermú de los domingos, la sintaxis, el fútbol en el bar o el arroz con leche que preparaba mi abuela. Pero es una vida peor. Ni las ruinas de Pompeya ni el arroz con leche son culpables de los males de este mundo. Ahorrar dinero en arqueología y en postres no es la manera de construir un mundo mejor, sino de vivir en un mundo más feo.