28 septiembre 2016

PIZARRAS SIN ALMA


Pasa con Tintín, con Astérix, con “La guerra de las galaxias”, con “Juego de tronos”, con el jazz, con las películas de James Bond y hasta con el materialismo filosófico. A usted puede gustarle Tintín o James Bond, pero como discuta con un tintinólogo o un bondólogo está perdido porque habrá un detalle de una de las aventuras de Tintín o una afición de Bond que no conoce y, caramba, eso le convierte en un completo ignorante, en un aficionaducho que no comprende lo serio que es Tintín o James Bond. Por supuesto, ni se le ocurra discutir con un sherlockholmesnólogo acerca del gran detective creado por sir Arthur Conan Doyle y, por favor, no se atreva a defender las dos películas dirigidas por Guy Ritchie y protagonizadas por Robert Downey Jr. que ofrecen una versión sucia, desaliñada y a veces caricaturesca del inquilino del 221B de Baker Street. A los que nos gusta Holmes, pero no pertenecemos a la Iglesia Holmesiana, nos encanta “Sherlock Holmes” y “Sherlock Holmes, juego de sombras” (TNT). Por eso podemos fijarnos en lo importante sin que nos distraiga lo urgente.

En “Sherlock Holmes, juego de sombras”, Holmes visita al profesor Moriarty en su despacho-estudio en la universidad y, más allá del delicado duelo dialéctico entre el mejor detective de todos los tiempos y el Napoleón del crimen, deberíamos fijarnos en la pizarra con las complejas fórmulas matemáticas desarrolladas por el profesor Moriarty. Sabemos que David Saltzberg, profesor de Física y Astronomía en la Universidad de California, es el asesor científico de la serie “Big Bang” y el encargado de que las fórmulas que aparecen en las pizarras de Sheldon sean correctas, y no graciosos garabatos. ¿Quién es el asesor científico que está detrás de las pizarras del profesor Moriarty en “Sherlock Holmes, juego de sombras”? Estoy seguro de que su nombre aparece en los títulos de crédito, pero es imposible saberlo porque TNT (y casi todas las cadenas, incluida La 1) tienen la fea costumbre de cortar esos títulos de crédito con la rapidez de un carnicero observado por un cliente suspicaz. Sin los asesores científicos, las pizarras de Sheldon, de Moriarty o del profesor Gustav Lindt de la universidad de Leipzig en la maravillosa (que me perdonen los hitchcockólogos) “Cortina rasgada” son decorados sin alma. ¿Y con qué derecho un carnicero puede cortar el alma de una pizarra?