20 septiembre 2016

LA NARRACIÓN COMO DROGA

“Narcos” es más adictiva que la cocaína. Porque es narración pura. No está cortada con sensacionalismo, ni con deleite en la violencia, ni con psicología. En la vida en general hay que tener mucho cuidado con la pureza, que en las drogas en particular se convierte en la mayor de sus bendiciones y la mayor de sus maldiciones. Desde las cadenas de televisión, especialmente desde las plataformas de series y películas, los teletraficantes fingen trapichear dosis de supuesto realismo, pero verdaderamente la droga que nos venden suele estar siempre mezclada con drama de baja calidad, con brutalidad gratuita o con sentimentalismo. A veces la cortan con resbalones de guion delirantes o con diálogos de altísima vulgaridad pretenciosa. Te la metes por los ojos y no tienes ni idea de lo que te estás metiendo. Pero “Narcos” no. Netflix sabe que su público está compuesto por los catadores mejor entrenados de la historia de la televisión. Son grandes consumidores, y si el producto que se le ofrece no está a la altura el camello puede estar seguro de que sus días en el negocio han terminado.

Hay un largo camino químico entre la hoja de la coca y el maldito polvo blanco que hace que las ratas se olviden de comer, de follar y de dormir. También hay un largo camino audiovisual entre los sucesos del ascenso y la caída de Pablo Escobar en el cártel de Medellín y las dieciséis horas de televisión que conforman las dos temporadas de “Narcos”. En ambos casos hay que procesar de forma sofisticada la materia prima original hasta crear un producto que ha cambiado por completo su naturaleza, que ha destilado una esencia que encaja exactamente en receptores específicos que poseemos los humanos. Se conocen bastante bien los receptores dopaminérgicos que median en los efectos de la cocaína, pero la neurobiología de las adicciones no va muy lejos si no se la completa con un estudio psicológico. "Narcos" es la prueba de que es imprescindible estudiar los receptores concretos que el alma humana tiene para la narración de historias reales y relevantes, y que provocan efectos euforizantes y energizantes mayores que los de las mismas drogas.