11 abril 2013

TELEJOSÉ COUTO

  

Si Wikipedia dice que la televisión es un sistema para la transmisión y recepción de imágenes en movimiento y sonido a distancia que emplea un mecanismo de difusión, será porque lo es. Permite que los espectadores recibamos estas señales cómodamente en nuestras casas, pero para que funcione necesita que una persona vaya con su cámara al lugar de los hechos y nos las envíe. Había una persona que desde 1995 hasta 2003 trabajó recogiendo imágenes por diferentes partes del mundo. Así Telecinco emitió, por ejemplo, reportajes sobre el secuestro del periodista Jon Sistiaga en Macedonia, el buque oceanográfico Hespérides en la Antártida, las cuevas de Lascaux en Francia, el incidente de la isla Perejil, el vertido del Prestige o la guerra del Golfo, gracias a su trabajo. Y gracias a su trabajo, los espectadores pudimos verlo todo a distancia con solo apretar un botón. Esa persona dejó de recoger imágenes el ocho de abril de 2003 porque un tanque del ejército norteamericano disparó sobre el hotel desde el que grababa y lo mató. Se llamaba José Couso y hace ya diez años que en la tele nuestros ojos no ven por los suyos.

El décimo aniversario de esta muerte debería haber sido algo más que una noticia sepultada entre otras. Sobre todo para Telecinco. Es cierto que estos días se agolparon muchas muertes de personajes famosos, pero Telecinco podría haberse contraprogramado (una costumbre habitual de los años en que Couso trabajaba en esa casa) emitiendo un especial sobre su muerte y la posterior lucha para que se haga justicia. Anda que no tiene Mediaset cadenas a porrillo como para escamotear en algún rincón un programa de homenaje a un tipo que dio su vida para que, por ejemplo, Telecinco se llame “tele” por algo.

Otros manejan hoy las cámaras para que Telecinco pueda seguir haciendo televisión, pero la mayoría está enviando imágenes de estos señores saltando a una piscina, de esos otros encerrados en una casa o de aquellos haciendo el bobo en un plató. Nosotros podemos cerrar el círculo cómodamente en nuestras casas no viéndolo.