11 enero 2015

LA EXCEPCIÓN DE LA EXCEPCIÓN


De forma excepcional, quizá fuera razonable crear un protocolo que las cadenas de televisión pudieran activar cuando ocurren sucesos desgraciados y aterradores que sacuden nuestras sociedades y sus opiniones públicas. Sería algo parecido a las banderas que se colocan a media asta, y se correspondería con los cambios en los actos públicos y las agendas oficiales que tienen  lugar ante catástrofes naturales, grandes accidentes, episodios bélicos o atentados terroristas. Entre esas medidas parece obligado considerar si merece la pena emitir programas humorísticos que necesariamente habrán de comenzar por un “buenas noches... por decir algo”. ¿Tiene sentido que Frank Blanco charle con Josie acerca de las transparencias de Cristina Pedroche cuando los tres están siguiendo de reojo el creciente recuento de las víctimas de un suceso trágico que ha interrumpido todos los medios de comunicación pocas horas antes? ¿Con qué ánimo se ponen Pablo Motos y alguna actriz en promoción a jugar a culo o codo tras un telediario de Antena 3 dedicado monotemáticamente a una catástrofe?

Pero también, de forma excepcional a dicha excepción, habría que entender que esta norma general no debería aplicarse cuando el suceso trágico, como ha ocurrido recientemente en París, tiene como protagonista paradójicamente al humor. Quizá entonces el protocolo de actuación de los medios debería ser justamente el contrario al de las demás tragedias, no ya por la banalidad de no dar a los terroristas la “victoria” de conseguir acabar un día con “El intermedio” (¿?), sino porque en esa situación es cuando necesitamos recordar de forma más vehemente los buenísimos efectos secundarios que para una sociedad tiene practicar la irreverencia descarada y divertida. Todos lo citaron estos días en sus espacios, pero nadie encontró mejor que Andréu Buenafuente el eslogan para resumir esa excepción de la excepción de la excepción que es el humor: “A la comedia no la para ni dios”.