02 enero 2016

ANTIEUROPEÍSTA


Dos horas y media al año soy antieuropeísta. Pero no por la política monetaria del Banco Central Europeo, ni por su apoyo al Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP), ni por la gestión de sus fronteras y el problema de los emigrantes y los refugiados. No, no. Dos horas y media al año -concretamente, en la mañana del día 1 de enero- soy antieuropeísta por el Concierto de Año Nuevo que se retransmite urbi et orbi desde Viena a todo el Cuarto Reich. Precisamente en su libro “La Unión Europea: la verdad sobre el Cuarto Reich”, Daniel Beddowes y Falvio Cipollini defienden que finalmente y post mortem Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial, no mediante el uso de armas de fuego sino mediante el uso de armas económicas. Seguramente no es verdad. Pero durante dos horas y media al año seguramente sí es verdad que bailecitos inocentes como las polkas y los valses, presentados en el ultraclasista contexto del Musikverein vienés, nos permiten vivir en la pantalla una inquietante ucronía acerca de lo que Europa pudo haber sido y sí es.

Es cierto que ver cada primero de enero el Concierto de Año Nuevo tiene como convincente ventaja que marca un punto a partir del cual el año no puede sino ir a mejor. Televisivamente hablando, un año se define como el conjunto de programas que se emiten entre dos escándalos: el que protagonizan los asistentes al chundachunda de la Filarmónica de Viena cuando dan palmas en la Marcha Radetzky con cara de estar viviendo la mayor transgresión cultural que cometerán en toda su vida, y el que protagonizará el vestido de Cristina Pedroche doce meses menos doce horas después. Ambos acontecimientos sólo se diferencian en su nivel económico -el patrocinio de Rolex contra el patrocinio de Estrella Galicia-, no en su nivel de horterada, pero al menos el de Cristina no se retransmite por Eurovisión. Dos horas y media al año soy antieuropeísta. Las otras ocho mil setecientas ochenta y dos y media no tanto, pero me siguen dando cosica los Niños Cantores de Viena -¡existen!- vestidos de marineritos.