25 enero 2016

OLVIDABILIDAD


Esta semana hemos conocido las seis canciones que optan a representar a España en el próximo Festival de Eurovisión. Tras una primera escucha sorprende la variedad de propuestas que se recogen en esos temas: notas de sonido electrolatino se mezclan con potentes arreglos de pop nórdico, ritmos típicamente dance coronan estribillos de rock electrónico. Sin embargo, bajo la aparente diversidad de estas canciones rápidamente se percibe un rasgo común a todas ellas que las unifica en el efecto que producen sobre el espectador: son insoportables. Insufribles. Las seis. Es imposible decidir cuál es mejor porque es imposible decidir cuál es peor. En cuanto comienzan sólo se puede pensar en cuándo terminan. Sofisticadísimas en su vulgaridad. Lo único bueno que se puede decir de ellas es que dan lugar a un nuevo concepto que probablemente tenga mucho recorrido en el mundo de la fenomenología audiovisual: el concepto de olvidabilidad.

Sabemos que es Eurovisión y sabemos qué es Eurovisión. Nadie espera “Chelsea Hotel” de Leonard Cohen o “Rockin’ in the free world” de Neil Young. Pero, bah, en Eurovisión se han cantado inolvidables divertimentos como “Save your kisses for me” o “Puppet on a string”, maravillas como el “Eres tú” de Mocedades y Juan Carlos Calderón o incluso -sé que me voy a arrepentir de escribir esto- joyitas pop como “Waterloo” que recordamos cuarenta años después. El principal problema de la gala de TVE en la que se elegirá a la canción que representará a España este año es que todas ellas tienen tan alta olvidabilidad que no sólamente no se van a recordar cuarenta años, sino que es imposible recordarlas durante lo que se tarda en marcar un número de teléfono para votar por ellas. La peñita llamará al número que indique Igartiburu o Íñigo o quien presente la gala, y cuando les toque decir la canción elegida ya no se acordarán de nada. Sólo recordarán lo que votaron en “GH VIP” y va a acabar yendo a Eurovisión el pequeño Nicolás.