17 octubre 2016

LOS OJOS DE AMELIA



Del mismo modo que, si nos empeñamos, podemos atribuir poderes milagrosos a un cuadro en el que un rostro mira al espectador donde quiera que se sitúe, como si tuviera vida, también podemos encontrar plagios en una serie de televisión porque algunos aspectos de la trama o de los personajes parecen mirar a otras series anteriores. Pero la explicación de por qué una figura pintada en un cuadro parece que siempre nos mira estemos donde estemos no tiene nada que ver con los milagros, sino con algo tan sencillo como que, al ser una figura plana, es percibida con la misma perspectiva desde todos los ángulos. Así, puede que la explicación de por qué una serie parece que utiliza ideas de otras series anteriores no tenga nada que ver con el plagio, sino con algo tan sencillo como que, al ser ficción, es percibida por un espectador que ya ha visto infinidad de veces las finitas tramas argumentales que se repiten en series y películas. Jordi Balló y Xavier Pérez sostienen en su ensayo “La semilla inmortal” que en el cine hay veintiún argumentos que se repiten constantemente. Entonces, ¿”Timeless” es un plagio de “El ministerio del tiempo”? No necesariamente, puesto que es posible que la idea de la serie estadounidense, tan parecida a la serie española, y el personaje de Lucy, tan parecido al de Amelia Folch, sólo sean el resultado de mirar una figura plana pintada en un cuadro.

La principal razón por la que “Timeless” no es un plagio de “El ministerio del tiempo” es porque estoy seguro de que una legión (puede que dos) de abogados se habrá encargado de que sea imposible demostrar que los viajes en el tiempo de “Timeless” son un plagio de los viajes en el tiempo de “El ministerio del tiempo”, de la misma manera que cuando en un capítulo de “Los Simpson” Homer Simpson pregunta a Shary Bobbins si es Mary Poppins, la niñera responde que no, que es tan original como el pato Ronald y Ricky Mouse. Más allá de las descaradas similitudes entre “Timeless” y “El ministerio del tiempo” y de lo difícil que es a veces dar una vuelta de tuerca a los veintiún argumentos universales, la versión estadounidense de los viajes al pasado para salvar el presente tiene más presupuesto, más ruido y se puede permitir el lujo de hacer que el dirigible “Hindenburg” explote ante nuestras narices. Pero eso no es nada si lo comparamos con los ojos de Amelia Folch que, sí, siempre nos miran.