26 octubre 2016

PEOR, IMPOSIBLE


La serie documental “La evolución del mal” (La 2) es inquietante no sólo porque la lista de “malos oficiales” (Stalin, Papa Doc Duvalier, Hideki Tojo, Bin Laden, Muamar el Gadafi) deja fuera a tipos horribles cuya única virtud es haber conseguido quedarse fuera de esa lista (en esa no-lista estarían algún que otro papa, bastantes banqueros y muchos ejecutivos de farmacéuticas), sino porque el mismo título de la serie, que une las palabras “evolución” y “mal”, deja poco espacio a la esperanza. El mal, como los teléfonos móviles, el juego del Barça o el rostro de Mickey Rourke, evoluciona, se adapta, cambia, se transforma. Es fácil dedicar un capítulo de “La evolución del mal” a Hitler o a Kim Jong-il, como sería facilísimo llenar una segunda temporada de “La evolución del mal” con los nombres de Pol Pot, Pinochet o Mladic, pero haría falta mucha valentía para echar un vistazo al lado oculto de la historia y sacar a la luz nombres y apellidos que mostrarían hasta qué punto evoluciona el mal.

El único consuelo que se me ocurre ante la enorme capacidad del ser humano para hacer el mal no es pensar que también hay gente buena como Mary Beard, Iniesta o la pescadera de mi barrio que siempre me aconseja bien y con una sonrisa, sino entender que el filósofo Arthur Schopenhauer tenía razón cuando decía que no es posible un mundo peor porque un mundo un poquito peor que el nuestro (un mundo con más tiparracos como Trump, más guerras como la de Siria o más chorradas como el nacionalismo) ya no podría existir. Nuestro mundo, como las pausas publicitarias en una película emitida en Telecinco, está dispuesto con el grado exacto de mal o de anuncios que puede soportar. Vivimos, pues, en el peor de los mundos posibles, y eso es una buena noticia porque en un mundo peor ni siquiera podríamos vivir. Aceptado esto, y asumido que el mal es el precio de la libertad y que sin libertad viviríamos en un Edén, es decir, en un paraíso para animales, ha llegado el momento de dejar de ver documentales sobre Hitler y sobre el nazismo y dejar de usar la palabra “fascista” para todo y para casi todos. Un mundo en el que todos los que son acusados de fascistas (desde Felipe González a Pablo Iglesias pasando por Rajoy) fueran fascistas, sería un mundo peor y, por tanto, no existiría. Vivimos en el peor de los mundos posibles, no en el peor de los mundos imaginables. Es una buena noticia.