29 octubre 2014

LA BOCA ABIERTA


Diría que los primeros minutos del primer capítulo de la quinta temporada de “The Walking Dead” me dejaron con la boca abierta, pero eso sería como si un crítico musical escribiera que un concierto de los Sex Pistols le puso los pelos de punta o como si un crítico gastronómico dijera que la cocina de Ferrán Adrià le deja con la lengua fuera. Si un primatólogo dice que tiene el culo pelado de ver chimpancés, un cinéfilo afirma estar hasta las narices de la interpretación de Gérard Depardieu en “Cyrano de Bergerac” y un teleadicto se declara seguidor a corazón abierto de las series de médicos, no sabremos muy bien si el primatólogo, el cinéfilo y el teleadicto están jugando con nosotros, si pretenden ser ingeniosos o si intentan que el accidente de una frase recoja la esencia de simios, personajes y series. O sea, que tampoco diré que los últimos minutos del segundo capítulo de la quinta temporada de “The Walking Dead” me dejaron con la boca abierta.

Álex, el protagonista de “La naranja mecánica”, es un fanático de la violencia y de Beethoven. ¿Se puede golpear a un mendigo sólo por placer y, a la vez, amar a la Deutsche Grammophon? Parece que sí. ¿Se puede liderar un grupo de caníbales que hacen que los zombis parezcan simples molestias feas y malolientes y, a la vez, mostrar una abrumadora capacidad para explicar las cosas más horribles? ¿Se puede utilizar con la misma habilidad el cuchillo y la palabra? Ahí está Gareth en “The Walking Dead”, que se presenta como un superviviente (“o eres el carnicero o eres el ganado”) y es capaz de comer la pierna de Bob sin perder el sentido del humor (“si te hace sentir mejor, sabes mejor de lo que pensaba”). A partir de ahora, el hombre no sólo es un animal racional, un bípedo implume de uñas planas, un animal que bebe sin sed y está siempre el celo o, como decía Blumenbach, un médico con el que Schopenhauer estudió fisiología, el más perfecto de los animales domésticos. Los hombres no son los únicos animales que se meten cosas por el culo para sobrevivir, como se dice en la película “Papillon”. El hombre es un animal que admite entre los suyos a Beethoven y a seres como Gareth. ¿No es para quedarse con la boca abierta?